En este panorama estalló un conflicto que
fue la primera y la única ocasión en que, tras la Segunda Guerra
Mundial, se enfrentaron las dos superpotencias y en el que se corrió el
peligro, si bien remoto, de que fuera empleada el arma nuclear.
El 25 de junio de 1950 se produjo la
invasión, con unos 90.000 soldados norcoreanos apoyados por centenar y medio de
tanques soviéticos. En realidad, uno y otro bando habían organizado operaciones
bélicas de menor entidad contra el adversario; ahora, los atacantes del Norte
pretextaron haber sido agredidos por los surcoreanos. En un principio,
obtuvieron victorias espectaculares, de tal modo que al poco tiempo encerraron
al enemigo en un perímetro en torno a Pusan, pero provocaron una inmediata
reacción no sólo de Norteamérica sino de las propias Naciones Unidas. Truman y, en general, los norteamericanos percibieron lo
sucedido como una reedición de lo que en su día había hecho Hitler: "En mi generación -escribió en sus memorias el
presidente norteamericano- no fue ésta la única ocasión en que el fuerte había
atacado al débil". Corea fue, para él, la Grecia de Oriente y, como
esta nación en 1947, también debía ser salvada de la agresión comunista. La
unanimidad en la opinión pública norteamericana fue completa: la ampliación del
servicio militar, propuesta por Truman, fue aprobada en el Congreso por 314
votos a 4, pero ahí se detuvo la intervención del ejecutivo norteamericano, lo
que sin duda sentó un mal precedente.
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Soldados
sur coreanos partiendo al frente.
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El secretario general de la
ONU , el noruego Tryvge
Lie, declaró que se había agredido a
la organización misma. En el Consejo de Seguridad, reunido en ausencia de la URSS , que quizá todavía pensaba
en una victoria rápida -los norcoreanos calculaban para la guerra una duración
máxima de ocho días-, condenó al atacante. Quince países enviaron efectivos
militares a combatir a Corea y otros cuarenta enviaron ayuda humanitaria.

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