La cuestión más discutida en las
conversaciones posteriores a 1951 fue la de los prisioneros. Una parte de los
norcoreanos en poder del adversario no quiso volver a su país de procedencia.
Rhee se negó a firmar un acuerdo para su entrega y les integró en la vida civil
de Corea del Sur. A finales de los años ochenta, Corea del Norte tenía todavía
850.000 hombres en armas para una población de veinte millones de habitantes,
mientras que Corea del Sur tenía 650.000 para 42 millones.
El balance de la guerra supuso pérdidas
humanas y materiales muy importantes. Aproximadamente, 1.400.000
norteamericanos sirvieron en aquel conflicto y de ellos 33.600 murieron en
combate, pero hubo otros veinte mil que perdieron la vida por enfermedades o
accidentes. Aunque popular en un principio, la guerra dejó un cierto
sentimiento de insatisfacción como el primer conflicto que los Estados Unidos
no habían ganado de forma clara. El Ejército surcoreano tuvo algo más de
400.000 muertos. Los norteamericanos calcularon también que podían haber
muerto, entre norcoreanos y chinos, un millón y medio de personas más.
Las enseñanzas militares del conflicto
fueron importantes, aunque no siempre fueron comprendidas de forma inmediata.
Fracasaron rotundamente las operaciones de inteligencia y de información
occidentales. Por el contrario, la
Aviación norteamericana testimonió su absoluta superioridad:
perdió sólo 78 aviones frente a los muchos millares del enemigo. Pero quizá no
se sacó de ello todo el partido posible, debido a la demostración de que un
Ejército cuyo nivel de armamento era muy inferior podía enfrentarse a otro muy
superior con posibilidades reales de éxito. Los chinos y norcoreanos
aprendieron que no debían hacer la guerra combatiendo a un Ejército moderno de
la misma manera que lo habían hecho hasta el momento. De ahí que, años después,
la estrategia
aplicada en Vietnam fuera
muy distinta.
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